jueves, 12 de marzo de 2015

Si No Me lo Mamas Tú, Me lo Mamo Yo



         Hace dos semanas me entra una llamada de mi amiga Rebecca Santos, una muchacha linda, pero común como cualquier otra mujer; bellaca, loca por dar con un hombre adinerado para sacarle todas las pensiones que pudiera en el menos tiempo posible e irse a putear alrededor del mundo. Ella trabajaba de ujier en el Hotel Marriot y atendió a un tipo como de 37 años que estaba dándole paquitas de $5 a las viejas pa’ que jugaran en las maquinitas. El muchacho que era feíto, pero bien simpático le contó una historia sobre su abuelita y por eso le gustaba compartir su fortuna con personas mayores solo por verlas alegres; y alegre precisamente fue que se le empezó a poner la chocha a mi amiga cada vez que él pronunciaba las palabras “compartir” y “fortuna”. Becca no comió mierda en reírle las gracias y darle su número de celular en la servilleta que le entregó junto con su trago de Black a la roca. El tipo que se llamaba Ernest, la llamó al otro día para invitarla a ir VIP al concierto de Plan B en el Choliseo y ella obviamente aceptó el jangueo empezando así una historia de amor al interés.



         Me contó que luego del concierto se fueron para Downtown a seguir conociéndose y él estaba apunto de declarársele, pero ella lo interrumpió con un “vamos a coger las cosas con calma y a ir conociéndonos poco a poco para no dañar esto que va bien”. Claro, mi amiga muy astuta usó la técnica “Maripily” de buscarse un millonario y sacarle billetes sin tener que chichárselo, bien inteligente la putita esta. Así estuvieron saliendo unas 10 veces. Llegaron a besarse, manosearse y hasta a tener phone sex. En uno de esos manoseos en el cine ella le sintió el bicho y se percató de que estaba grande con cojones y luego siempre se fijaba de cómo se le marcaba en los mahones llegándole a mitad de muslo. ¡Coño!, la cabrona lo llevaba al palo bellaqueándole y sin darle nah, cualquiera vive con el bicho para’o día y noche. También me dijo que el muy cabrón le sacó un iPhone 6 Plus, le prestaba la guagüita BMW y le dio las llaves de su mansión en Gurabo.



         Él era de estas personas que cuando van a hacer shopping viajan a comprar en boutiques de New York. Un día la invitó para uno de esos trips por un weekend y para presentarle a su familia de una vez. Luego de llegar a la casa de la tía de Ernest y dejar sus maletas se fueron a dar una vuelta. Rebecca me trató de convencer con un tono bien serio de que cada vez que él le compraba una cartera o unos zapatos de marca a ella le aumentaba la bellaquera de una manera inexplicable. Terminó diciéndome que lo material para ella era como el alcohol para los hombres y que ya encontraba a Ernest bien guapo y chichable. Me explicó también en cada sitio que se dejó dar de’o y chupar las tetas después de cada boutique. Tanto fueron las bellaqueras que él se dio cuenta y le siguió comprando trajes hasta que ella le dijo: “¡Hoy tú me lo tienes que meter!”. Ernest la llevó a un Sex Shop y allí ella se compró un baby doll, un g-stro, unas medias sexys y se robó tres potecitos de lubricantes porque sabía que lo que le iban a meter no estaba fácil. Mientras ella compraba, él reservaba en un hotel bien caro cerca el Madison Square Garden por las 2 noches del fin de semana.




         Una vez llegan al Double Tree Hotel empieza la bellaquera asquerosa. Ella lo tira en la cama, se le trepa encima a besarlo y le empieza a pasar el chocho por encima del pantalón de él para sentirle el bicho. Vuelve a percatarse de que tiene el bicho demasiado grande, pero la ganas de chingar y el mojaero que tiene en el panty no la dejaban pensar bien. En ese instante para y le dice: “Voy a darme un baño y a prepararme con la ropa que me compraste” y él pues se queda otra vez esperándola con una erección masiva. Ella se da un bañito, se pone la ropa, se da un poco de deo y se embarra la crica con los lubricantes que se robó del Sex Shop anticipando la clavá que le iban a dar. Cuando sale del baño que prendé la luz para que él la vea se encuentra a Ernest senta’o en el medio de la cama con las piernas cruzadas como un indio, sobándose las bolas y mamándose la mitad del bicho. Rebecca sorprendida y con un encojonamiento cabrón le dijo: “¡PATO ASQUEROSO, ME SACAS UN PASAJE QUE ME VOY HOY!, ¡ME CAGO EN TU MADRE, MARICÓN!” y él ultra abochorna’o se paró y sin hablarle hizo lo que ella le pidió. Unas semanas después Ernest la citó para hablar y allí le contó el por qué de lo que había hecho. Le dijo que desde pequeño él hace eso porque lo tenía bien grande y ya es bien difícil que se le pare completo sin que se lo mame un poco el mismo.




         Yo no tengo el bicho gigante, ni mucho menos tengo esas malas costumbres, pero esa historia me jodió la mente. A mí me han cogido viendo fotos de otras jevas en el celular para ponerme bellaco y se siente cabronamente mal, no me quiero imaginar como se debió sentir ese cabrón que lo cogieron mamándose el bicho como un pendejo. La jodienda es que su anécdota me descabronó la salud mental y me ha dejado con estas dudas: ¿Habrá sido verdad su excusa o era la bellaquera vieja que tenía?, ¿Se han imaginado que hubiera encontrado mi amiga si llega a haber salido del baño unos quince minutos más tarde? ¿En su casa se la tragará o se la regará por los labios? No sé, opinen ustedes.

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