martes, 15 de diciembre de 2015

Costumbres Navideñas de mi Infancia

Foto por @KetsiaRamos

         En 1994 cuando solo me interesaba coleccionar cartas de NBA y escuchar cassettes de rap con malas palabras fue la primera vez que descubrí donde mis papás guardaban los juguetes de navidad. Para ese entonces ya sabía que Santa Claus no existía, pero me tripiaba mirar esas bolsas de Toys r’ Us en el closet del laundry y ver como se iban llenando de regalos con el pasar de los días. Dejaba de pelear en la escuela, no le grababa por encima a las novelas de mami con el Poder de la Semana de No te Duermas y empezaba a portarme bien para que mis padres se llevaran esa última impresión de mí al mall cuando fueran a comprarme regalos.


         Tenía 10 años y ya había aprendido a diferenciar entre clases sociales. Mami me decía “no vayas con tus juguetes a casa de Denis porque él se portó mal este año y ni Santa Claus, ni Los Reyes Magos pasarán por su casa”, esa era su bonita forma de disfrazarme el hecho de que mi amigo era bien pobre. Por casa de abuela tenía un amigo que no le regalaban el 25 de diciembre porque era de familia Testigos de Jehová y pasaba el día sentado en la marquesina viéndonos jugar con los carritos a control remoto. Lo hacíamos a propósito porque nos caía bien mal. Al lado de casa estaba el vecino con padre bichote que tú podías salir bien lucío con la mejor bicicleta, pero él ya tenía un Go-Kart y no montaba a nadie. Mi otro amigo era el pobre, que le daban un solo regalo o lo llevaban a comer y se lo daban a principios de diciembre una vez le llegaba el bono a los papás. Por él fue que me enteré que papi era quien ponía los juguetes bajo el árbol porque su papá le dijo que Santa Claus no existía para que no se ilusionara con mucho regalo. Y entonces estaba Vlade, de familia independentista que solo celebran Los Reyes Magos porque Santa es una tradición de sus enemigos americanos. Ese era el que se pasaba metío en tu casa cachetiándote los juegos por dos semanas en lo que llegaban Los Reyes.



         Mis listas para Santa siempre eran casi iguales; Un Etch A Sketch, un Lite Brite, cartas de baloncesto, juegos de Nintendo, películas y carritos a control remoto. Esta vez solo me importaba una cosa; Donkey Kong Country. Porque a mi amigo pobre se lo regalaron y cuando lo jugué quedé enamorado. Iba todos los días a llevarle de la comida que hicieron en casa a la mamá pa’ que me dejara jugar un ratito aunque él no estuviera. Ese año fue tan mierda que hasta Jordan estaba jugando pelota, pero ese juego hizo la diferencia. Cada vez que llegaba de la escuela chequeaba la bolsa en el laundry hasta que vi que me habían comprado el juego. Pensé en decirle a mami “hablando claro, encontré los regalos en el closet y te pido por amor a Dios que me dejes jugar Donkey Kong”, pero me resistí y esperé hasta el día del nacimiento del niñito Jesús.



         El día de navidad levanté a mami porque llevaba desde las 4am esperando que saliera el sol para ponerme a jugar Super Nintendo con la misma felicidad de los mexicanos cuando vieron a Melwin Cedeño cantar La Borinqueña. Como no me quería ver muy desespera’o y disimular que ya sabía lo que me iban a regalar pues me dejé llevar por el tamaño de las cajas y dejé para el final la que se parecía más a la de un juego. Abrí el Etch A Sketch, unos Roller Blades, muchos petardos, los vhs de Lion King, Dumb and Dumber y Hoop Dreams, el cassette chinita de Wiso G y cuando abro el juego era Shaq-Fu… ¡Me cago en Dios! Dejaron el de Donkey Kong para el 6 de enero.

   

2 comentarios:

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  2. Me lleva el... que razón tiene en eso de los independistas, en casa no se puede poner un muñeco de Santa Claus porque son gringuerías y no han podido entender QUE ES SOLO UN MUÑECOOOOO!!!! Que Santa Claus no existe!!!!

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